MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

POESÍAS

Poesía

Éste era un león

Joaquín González y González
Declama: Sofía López León

Era un pobre león,
que prisionero en recia jaula,
ha tiempo que vivía,
y allí encerrado, moribundo y fiero,
de dolor y de tedio se consumía. 
Ya no había fuerza en su ánimo abatido,
ni majestad en su actitud tranquila;
ni ecos de tempestad en su rugido,
ni fulgores de sol en su pupila. 

Casi siempre tendido lo miraba,
de su estrecha prisión en los rincones.
¿Qué hacía aquel animal?... Tal vez soñaba
en lo que sueñan todos los leones.
En su cubil de la candente arena
que alfombra fue de su africano suelo,
en la grandiosa y olvidada escena,
del aire libre y del azul del cielo. 

Tal vez pensaba en su hembra,
en la oscura selva, cuajada de fragantes flores,
en un rincón oculto en la espesura
que él escogió por nido a sus amores. 
Soñaba esto...
¡No sé qué soñaría!...
Mas al verlo tan triste...
Sí estoy cierto...
Que aquella pobre bestia se moría,
de una inmensa nostalgia del desierto.
 
De noche ante el asombro de la gente,
entraba el domador, con firme paso
 en la jaula...

y ya dentro, sonriente,
despertaba al león de un latigazo. 

El animal alzaba la cabeza,
abría las fauces y al sentirse herido,
con súbitos arranques de fiereza
expresaba el dolor con un rugido. 
Más látigo...

Frenética la gente,
con ansiedad la lucha contemplaba...
¡Un latigazo más!... ¡Otro!...

El valiente 
y rudo domador, no descansaba. 
Por fin la bestia, ante el dolor que agota, 
ya cansada y vencida, sucumbía...
E iba a lamer la acharolada bota 
del domador...

¡El público reía! 

Pero una noche con función de gala,
está el circo adornado y esplendente;
pletórica de luz está la sala,
y las gradas, pletóricas de gente.
Toca su turno al domador; su brazo

va a alzar airado y a empezar la fiesta;
pero antes de que caiga el latigazo
se oye un feroz rugido de protesta. 

Después... un golpe... ¡un grito de agonía!,
el ruido de la garra ensangrentada 
al romper, con transportes de alegría, 
las fibras de la carne...

Después... ¡nada! 
A aquel león, qué efluvios le llegaron,
del lejano confín de su desierto,
que en tan solo un minuto despertaron
su salvaje valor ya casi muerto... 
Quién sabe. Al final de la sangrienta escena
estaba el león en actitud tranquila,
y había manchas de sangre en su melena,
y fulgores de sol en su pupila... 

¡Próceres de la Tierra!, que sin tiento,
con látigo tratáis a las naciones,
¡vosotros sois el domador del cuento!,
pensad que estos leones abatidos,
cuando airados levantan la cabeza,
llegan a componer con sus rugidos,
un rugido inmortal... ¡La Marsellesa! 

Y si hoy vuestra fuerza los humilla,
mañana con sus garras soberanas,
¡pueden hundir de nuevo la Bastilla!
¡Y ensangrentar de nuevo las Campanas! 
¡Próceres de la Tierra!
¡Vosotros sois el domador del cuento!