MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

CRÓNICA | Camino de espinas y flores blancas

image
  • Entre espinas y sol, las chochas se vuelven sustento: con sólo seis de ellas, una familia consigue pan dulce y lo básico para la semana

El calor extenuante por fin empieza a descender, aunque todavía los rayos del sol dan picor al contacto con la piel. Pero es necesario salir a buscar uno de los preciados alimentos blancos que se dan en estas fechas y no desaprovechar ninguna oportunidad de encontrarlos cerca, porque además de ser fuente importante de nutrientes, es una ayuda económica para las familias tamaulipecas que se atreven a ir a buscarlos.

El oro blanco o flor de palma, también conocida como “chocha”, es un alimento balanceado que florece y se cosecha principalmente desde principios de enero, durante febrero e inicios de marzo.

Es un alimento típico de la zona norte del país, pero especialmente de la serranía de la zona tamaulipeca. Su comercialización es apreciada por un vasto número de amantes de este alimento.

Sin embargo, para encontrar este manjar es necesario acudir a largas caminatas por las serranías semidesérticas, sortear algunos peligros de animales ponzoñosos como víboras, alacranes, arañas, entre otros, y trabajar arduamente para hacerse del fruto cuya blancura se puede apreciar desde las alturas. Se trata de un alimento muy codiciado para algunos gustos, aunque no lo sea para todos.

Es así como don Clemente y sus tres hijos pequeños, al igual que su mujer, deben caminar algunos kilómetros entre la serranía semidesértica del Altiplano Tamaulipeco para poder conseguir este preciado alimento, trabajar para adquirirlos y luego ofrecerlos a la comunidad para su venta.

“¡No se olviden de llevar agua!”, grita don Clemente a lo lejos a uno de los hijos más pequeños. Esta advertencia proviene de que sabe que la jornada es extenuante: apenas comienza y el camino es fatigoso; además, al lugar donde se internan es en la serranía y nunca falta estar prevenidos, por si existe algún contratiempo y tienen que recorrer más kilómetros de lo habitual.

En esta vasta región la economía no va muy bien. Por eso es indispensable no desaprovechar estas fechas para hacerse de las preciadas flores: esto significa para ellos poder comprar algo más del mandado semanal o algún antojito para que sus hijos y la familia lo disfruten.

Con machetes, cuerdas, palos y ganchos, se preparan para salir. Tenis viejos, pantalones casi en desuso, camisas y gorras para sortear el todavía calor extenuante; la familia no perderá la oportunidad de encontrar en el camino los más grandes ramilletes de flores blancas, aunque a esta edad los niños no gustan de este alimento, pero saben que su economía no es buena, y saben que de este trabajo podrán adquirir o intercambiar por algún otro rico manjar más apetecible para ellos, o incluso por un poco de pan dulce que pocas veces pueden degustar. Es por eso que están alegres.

Los primeros dos kilómetros por una vereda pasan desapercibidos, porque, a falta de contar con un automóvil, están acostumbrados a las largas horas de caminata; todo cambia cuando hay que empezar a subir cuesta arriba entre la serranía para poder llegar a las flores, donde tienen que ir abriendo vereda para no enredarse con los arbustos espinosos.

Las primeras flores las encuentran en un paraje donde desde arriba se puede observar la vieja carretera, aquella donde pasan los autos a gran velocidad que van de Ciudad Victoria a Jaumave.

Es necesario entonces emplearse en el trabajo; don Clemente empieza a repartir las tareas: los dos más pequeños empiezan a limpiar la zona de la maleza y las espinas; el más grande empieza a amarrar la vara con el gancho para poder acceder al fruto, mientras don Clemente amarra las sogas para formar una sola, atarle una piedra y tirarla para sujetar las flores y así lograr que, al bajarlas, no se maltraten mucho y queden intactas para que pueda venderlas con más facilidad.

Al lanzar la piedra con la soga no logra dar en el blanco; una segunda y tercera vez son necesarias; en la cuarta ocasión logran el cometido: ahora él y su esposa jalan el fruto, mientras que su hijo hace presión también para poder arrancarlo con facilidad.

Este trabajo se repite unas cinco veces más, porque sólo han conseguido en la cosecha seis medianas piezas de chochas, algunas ya en floración y otras todavía en botones, pero regresan contentos.

Los kilómetros de regreso a casa, aunque pesan por el cansancio, el sudor y la larga jornada que acaban de realizar, es más ameno porque saben que al menos esta noche su padre irá a la Conasupo y con suerte intercambiará una de ellas por pan dulce y en su casa podrán disfrutar de la dulce victoria momentánea de ese trabajo en equipo.

Al llegar a casa la madre los apura para irse a bañar, mientras ella prepara la cena. Algo muy predecible por la cosecha que acaban de obtener. En la mesa ya se encuentran frijoles refritos, tortillas calientes y aguardan el regreso de don Clemente, que con suerte podrá traer algo de huevos, leche, queso y pan dulce.

Los niños escuchan que a lo lejos los perros ladran; sin demora esperan en el umbral de la casa y, efectivamente, es papá, quien carga un costal. Los niños están contentos, porque saben que hoy han aprendido que el trabajo se puede transformar e intercambiar por productos necesarios para el hogar, no importando que estos sólo den felicidad de forma momentánea.

Ellos son niños pequeños, pero a su corta edad ya conocen la difícil situación por la que atraviesan sus padres. Esta condición no es individual o producto de la falta de trabajo, pues al igual que ellos en las comunidades del Altiplano tamaulipeco miles de familias también pasan por la misma situación. 

La mayoría de los empleos son informales, e incluso en algunos no los hay. La situación se complica a tal grado que algún integrante de la familia tiene que emigrar al país vecino en busca de trabajo y así poder sostener a su familia.

Según datos del Inegi, a principios de 2025, el panorama de la pobreza en el Altiplano tamaulipeco (integrado por municipios como Tula, Miquihuana, Bustamante, Palmillas y Jaumave) sigue siendo crítico, a pesar de reportes estatales que indican una reducción general de la pobreza extrema en Tamaulipas.

Es así también como se reporta que cerca de 4 mil 500 familias en el altiplano viven en condiciones extremas de pobreza a principios de 2025, sin que en el transcurso de este año la situación haya cambiado de forma sustancial.

Las familias enfrentan carencias severas de servicios básicos y alimentación, como es el caso de don Clemente, quien, a pesar de emplearse largas horas de jornada laboral con ayuda de su familia, obtener una ganancia o intercambiarla es un reto al que debe enfrentarse para conseguir un poco de pan dulce para sus hijos.

A esto hay que sumar que la zona del Altiplano enfrenta el mayor problema de sequía en el estado, con una escasez de agua tan crítica que afecta el suministro para el consumo humano, lo que imposibilita a las familias dedicarse a otros trabajos.

NOTICIAS RELACIONADAS

0 Comentarios:

Dejar un Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados *

TRABAJOS ESPECIALES

Ver más