• La guerra cognitiva busca dominar la mente humana mediante desinformación, adicción digital y manipulación mediática
Pareciera que estar pegado al celular es un acto volitivo, de voluntad del individuo, y hay quien, a veces, argumenta la práctica como un acto de su “libertad”, pero cuán equivocada es esta concepción. Para ayudarnos a comprenderlo, un interesante y útil a más no poder texto aparecido recientemente en el medio digital geoestrategia.eu, del informado autor Evgueni Vertlib, aclara que:
“La doctrina militar contemporánea (…) ha consolidado oficialmente el sexto dominio: el ámbito de la mente y la conciencia humanas, reconocido como un teatro de operaciones independiente. Es aquí donde se libra la guerra cognitiva (…) donde el objetivo principal no es el territorio, sino el sustrato neurobiológico, la base física de los procesos mentales.
En la guerra actual por el dominio hegemónico del mundo, para someter a la humanidad entera, el imperialismo necesita ganarse primero la opinión mundial y, para eso, necesita ganar la guerra cognitiva.
El objetivo del agresor es llevar a cabo una transformación forzada de las capacidades cognitivas, materializando de hecho las ideas doctrinales de Allen Dulles sobre la sustitución de los valores en la URSS por otros falsos y la caotización del pueblo ruso (…)
La metodología del hackeo cognitivo se basa en la ontología engañosa del subconsciente que se remonta a ‘la leyenda del gran inquisidor’ de Dostoyevsky, donde la naturaleza humana se considera viciosa y dispuesta a cambiar su libertad por ‘pan’.
Para llevar a cabo las directrices de Dulles, se recurre a la militarización de las neurociencias, destinada a sumir al pueblo zombificado en un estado de entropía semántica, un caos controlado en el que, a través de hechos manipulados, se desacredita la verdad misma y, en su lugar, se introduce un sustituto necesario para ‘el sistema operativo’. La verdad se entremezcla con la mentira (…)

La ‘confusión’ introducida por los neuroespecialistas —la posverdad— funciona como un depresivo cognitivo, que suprime el pensamiento crítico. En este estado, las conexiones neuronales responsables de la verificación de la verdad se atrofian bajo una avalancha de desinformación y ruido emocional, convirtiendo la conciencia en cera maleable.
Esto permite llevar a cabo una programación oculta de los algoritmos de la percepción, ajustando el aparato cerebral para justificar cualquier cosa, considerar cualquier maldad como la ‘conveniencia del momento’ y convencer al cliente de que “no crea lo que ven sus ojos” (que están atrapados en la realidad visible, mientras que el mundo ya se encuentra en una especie de posverdad)”.
Desde mi punto de vista, en la guerra actual por el dominio hegemónico del mundo, para someter a la humanidad entera, a la totalidad de pueblos y naciones que aún no han caído bajo su dominio supremacista, el imperialismo necesita ganarse primero la opinión mundial y, para eso, necesita ganar la guerra cognitiva, ganarse la mente de las personas.

Por ello, tanto el celular como los medios masivos de comunicación en general y las redes sociales —que igual que los estupefacientes están diseñados para producir placer en el individuo que los usa, aquellos mediante la liberación de sustancias neurotransmisoras como las endorfinas y la adrenalina al ofertarles contenidos pornográficos o juegos bélicos que atraen tanto a la juventud— les dan un carácter adictivo a esos aparatos tecnológicos con el fin de apartarlos de la realidad, del pensamiento crítico, de la ciencia, de la cultura, del deporte; en fin, de actividades que les permitan discernir y comprender el mundo, a los fenómenos tanto naturales como sociales, para que no esté capacitada la sociedad para resistir la embestida brutal contra sus intereses mediatos e inmediatos.
O sea, se trata de que la sociedad en general pierda la capacidad de conocer y reconocer la verdad, de que no busque la coincidencia plena entre los fenómenos acaecidos en el mundo objetivo con su reflejo fiel y total en la conciencia del hombre que involucra tanto a las sensaciones, percepciones, impresiones, representaciones e ideas que discurren normalmente a través del pensamiento mediante conceptos propios del lenguaje.
Por eso, masificar el deporte y la cultura, promover el estudio de las ciencias sociales y las que tratan de la naturaleza, que alejen de las adicciones, sean cuales sean, a la juventud y a los individuos en general; en una palabra, educar, concientizar y organizar al pueblo, es una tarea no sólo de capital importancia en el momento actual, sino además necesaria e indispensable.

Debemos estar conscientes de que la guerra para el dominio político del mundo por parte de una potencia que lo anhela para adueñarse de la riqueza económica de los pueblos no se detendrá hasta lograrlo plenamente. Dentro de esos pueblos se encuentra el nuestro, y lo que les sucede a otros es lo que nos espera muy seguramente a nosotros en el futuro, pues, como dijo el clásico, de ti habla la fábula.
Pero por fortuna hay antídoto contra los insanos afanes de los supremacistas del mundo, y ese es la unidad de los pueblos, la unidad de los débiles, que con ser tantos, organizados y en pie de lucha, son una potencia invencible.
El reto entonces es lograr esa unidad del pueblo que pasa primero por ser reconocida como una necesidad vital. Pero eso requiere conciencia, conocimiento, estudio y, por eso, es indispensable rescatar la mente de los jóvenes para liberarla de la enajenación y la manipulación, de la cual no se dan cuenta y no se darán si no se les explica pacientemente con argumentos válidos y aun científicos, demostrándoles la realidad de las cosas.
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