MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

Mientras exista el capitalismo, nadie podrá vivir en paz

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El mundo se convulsiona. La amenaza creciente de una tercera guerra mundial deja de ser una hipótesis lejana y se instala, cada día con más fuerza, como una probabilidad cercana. En Europa, Asia y África se intensifican los preparativos militares y nucleares, en un contexto de escalada de tensiones impulsadas por el imperialismo encabezado por Estados Unidos.

Donald Trump es un simple sirviente de los intereses de la mafia de supermillonarios que lo llevaron al poder. Es el rostro visible del conflicto, pero no quien mueve los hilos de fondo. El verdadero responsable es el sistema capitalista de producción, un sistema que sobrevive sobre la base de la explotación, de la depredación de los recursos naturales y del saqueo sistemático de otras naciones.

El capitalismo no es un sistema caótico ni anárquico. Por el contrario, funciona bajo leyes muy claras e implacables, aunque sus defensores intenten presentarlo como la cima del desarrollo humano, eterno y perfecto. Como todo sistema histórico, tuvo un origen y tendrá un final. No ha existido desde siempre ni existirá para siempre. Su agotamiento, aunque sin fecha precisa, ya se perfila en el horizonte. La agitación global provocada por el imperialismo (la fase superior del capitalismo) es expresión de un sistema que agoniza entre crisis de deuda, procesos de desdolarización, pérdida de mercados, caída de la tasa de ganancia y una creciente dependencia económica y productiva.

Una de las reglas fundamentales que rigen al capitalismo es la competencia permanente. Mientras este sistema exista, la competencia será inevitable, y con ella la confrontación entre seres humanos. En el capitalismo, quien no compite, quien no derrota al otro, corre el riesgo de ser derrotado, desplazado o incluso aniquilado económica y socialmente.

Esta competencia se manifiesta en al menos tres niveles. El primero es la competencia entre capitalistas. De ahí surgen las luchas internas por el poder en los países burgueses, donde distintos grupos económicos pugnan por conservar o ampliar su dominio político y financiero, a costa de otros grupos igualmente poderosos. En México, este fenómeno es evidente. Un sector del gran capital mantiene una relación privilegiada con el poder político, incluso bajo gobiernos que se presentan discursivamente como defensores del pueblo, mientras la riqueza social continúa concentrándose en unas cuantas manos.

Por ejemplo, Carlos Slim Helú, el más rico de México, el empresario consentido de la 4T, como lo llamó el periodista Mario Maldonado, incrementó su fortuna hasta rondar los 82.5 mil millones de dólares en 2025, según Forbes, consolidándose como el más acaudalado de América Latina. Informes de Oxfam señalan que su riqueza sigue creciendo incluso y sobre todo bajo la llamada Cuarta Transformación, al grado de que “gana en un segundo lo que un mexicano promedio tarda una semana”, expresión clara de la lógica de acumulación del capitalismo contemporáneo.

El segundo nivel de competencia se da entre el proletariado, es decir, entre quienes no poseen más que su fuerza de trabajo y se ven obligados a venderla (o a intentar venderla) a cambio de un salario. En esta lucha cotidiana, el trabajador individual no percibe a los demás como compañeros de clase, sino como rivales. Cada empleo, cada ascenso, cada mejora salarial se vive como una victoria sobre otro trabajador, eliminando por completo la solidaridad y la unidad entre trabajadores.

El tercer nivel, el más decisivo y el que el sistema intenta evitar a toda costa, es la lucha entre el proletariado y la clase capitalista. Los trabajadores luchan por mejores salarios, condiciones dignas de vida y de trabajo; los capitalistas, por su parte, buscan intensificar la explotación, exprimir al trabajador hasta el límite, hasta el agotamiento final y maximizar su ganancia.

En un sistema así, la paz, la tranquilidad y la solidaridad genuina resultan imposibles. Friedrich Engels lo señaló con claridad en su célebre obra "La situación de la clase obrera en Inglaterra", escrita siendo aún un joven observador crítico del capitalismo industrial: “La competencia es la expresión más perfecta de la guerra de todos contra todos, que hace estragos en la sociedad burguesa moderna. Esa guerra, guerra por la vida, por la existencia, por todo, y que llegado el caso puede ser una guerra a muerte, hace que anden a la greña no solamente las diferentes clases de la sociedad, sino también los diferentes miembros de esas clases; cada uno le cierra el camino al otro, y por eso es que cada uno trata de despojar a todos aquellos que se alzan en su camino para tomar su lugar. Los trabajadores se hacen la competencia lo mismo que los burgueses. El tejedor que trabaja en un telar entra en liza contra el tejedor manual, el tejedor manual, que está mal pagado o desempleado, contra aquel que tiene empleo y es mejor pagado, y trata de apartarlo de su camino. Ahora bien, esa competencia de los trabajadores entre sí es para el trabajador la peor parte de las relaciones actuales, el arma más acerada de la burguesía en su lucha contra el proletariado. De ahí los esfuerzos de los trabajadores por suprimir esa competencia al asociarse; de ahí la rabia de la burguesía contra esas asociaciones y sus gritos de triunfo por cada derrota que les ocasiona”.

Sin embargo, esto no significa que estemos condenados a vivir eternamente bajo la amenaza de la guerra nuclear, la miseria, la represión y la falta de solidaridad. El ser humano, al comprender las leyes que rigen este sistema, puede elegir. Puede organizarse, puede luchar y puede construir una alternativa.

Unámonos contra este sistema. Luchemos juntos por una sociedad más solidaria, justa y equitativa, no solo para los trabajadores de México, sino para los trabajadores del mundo entero. El futuro ya viene. Decidamos si seremos simples espectadores o protagonistas de la historia que ya se está escribiendo.

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