• Cerco vigente desde 1960 causa pérdidas por 150 mil millones de dólares y agrava crisis energética
El bloqueo económico que hoy asfixia a Cuba es un cerco que se originó en 1960 y se consolidó en 1962, cuando el gobierno de John F. Kennedy prohibió casi totalmente el comercio con la isla tras el triunfo de la revolución.
El propósito político del bloqueo ha sido explícito siempre: generar presión económica para inducir un cambio de régimen.
Para entender a Cuba hoy, tenemos que mirar su historia. La historia ha demostrado que Cuba no sólo resiste, sino que, a través de la lucha, ha logrado salir adelante.
Pensemos en esto: los españoles iniciaron la conquista en 1511 y no fueron expulsados hasta 1898. Durante siglos explotaron al pueblo, a sus recursos y a más de 1.3 millones de esclavos traídos de África.
Pero en cuanto Cuba se liberó de España, cayó en las garras de Estados Unidos. Bajo la excusa de “apoyar su independencia” en la guerra de 1898, Estados Unidos buscaba apoderarse de la isla.
Reconocida como país independiente en 1902, Cuba se convirtió de facto en una colonia. ¿Cómo? A través de la indignante Enmienda Platt, un añadido a su propia constitución que fue aprobado por el Congreso estadounidense.
Desde entonces, impusieron gobiernos a modo, siendo el último el de Fulgencio Batista, y establecieron la base militar de Guantánamo.
Pero en 1959, la Revolución culminó victoriosa. Y cuando en 1961 mercenarios organizados por Estados Unidos atacaron Playa Girón, el pueblo cubano los rechazó. Ahí, las potencias se dieron cuenta de algo fundamental: Cuba no era un país fácil de someter.

Y es precisamente por eso que se impuso el bloqueo, con la pretensión de doblegarla. El propósito político del bloqueo ha sido explícito siempre: generar presión económica para inducir un cambio de régimen. Leyes como la Torricelli de 1992 y la Helms-Burton de 1996 ampliaron su alcance, afectando incluso a terceros países.
El costo acumulado de este bloqueo supera ya los 150 mil millones de dólares. Tan sólo en años recientes, las pérdidas anuales superan los 4 mil millones de dólares. Esto cuesta vidas. El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, denunció ante la ONU el impacto brutal del bloqueo energético.
Más de 96 mil cubanos, incluyendo 11 mil niños, esperan cirugías por falta de electricidad.
16 mil pacientes que necesitan radioterapia y casi 3 mil que dependen de diálisis están afectados.
El transporte y la producción de alimentos están paralizados por falta de combustible.
Como dijo el presidente cubano, más allá de las cifras, es imposible contabilizar el agotamiento físico y psicológico. Esto es, en toda regla, una violación flagrante y deliberada a los derechos humanos.
El caso cubano destaca por su duración y sus efectos extraterritoriales. Obligan a la isla a importar petróleo desde mercados lejanos, persiguen a navieras, aseguradoras y bancos. La producción nacional de crudo apenas cubre una tercera parte de la demanda.
Pero esta asimetría revela una constante mundial: las reacciones internacionales suelen estar determinadas por intereses geopolíticos más que por principios universales.
Se observa en la actualidad con las tensiones en torno a Irán; cualquier conflicto debería servir para poner en el centro la urgencia de resolver crisis humanitarias, como la que vive Palestina en Gaza, garantizando condiciones mínimas de dignidad.

¿Y qué pasa con México? Nuestro país venía vendiendo petróleo a Cuba, pero ante la amenaza de aranceles estadounidenses, dejó de hacerlo. Los empresarios presionaron al gobierno argumentando pérdidas en ventas hacia Estados Unidos y, apoyados por el coro de la derecha, se suspendió la venta.
Condicionar el destino de una nación mediante asfixia económica contradice los fundamentos del derecho internacional.
Afortunadamente, Cuba no está sola. Potencias como Rusia y China han declarado y materializado su apoyo en momentos críticos, y la comunidad internacional sigue manifestando su rechazo a esta política de sanciones unilaterales.
Quiero recordar algo esencial: las definiciones sobre el modelo político de Cuba corresponden exclusivamente a su pueblo. El principio de no intervención obliga a respetar la soberanía de los Estados.
Pese a todo el asedio, el pueblo cubano ha demostrado una resistencia sostenida. Con cerca de 11 millones de habitantes, sostienen indicadores sociales envidiables, como una baja mortalidad infantil y alfabetización universal.
Su dureza social y su sentido de dignidad frente a un adversario de enorme poder son un ejemplo de patriotismo. En ellos resuena el pensamiento de gigantes como Simón Bolívar, José Martí, José María Morelos y Benito Juárez, quienes defendieron la soberanía como un principio irrenunciable.
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