MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

Parece que el horror llegó para quedarse en México

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Recientemente, en un diario de circulación nacional, leí una nota que me pareció verdaderamente curiosa. Se titula “Casi como Finlandia: México se encuentra entre los diez países más felices del mundo”. En esta nota se señalaba que dicha afirmación surge del Informe Mundial sobre la Felicidad (World Happiness Report 2025), el cual coincidió con el Día Mundial de la Felicidad (20 de marzo).

El motivo de “tanta felicidad” se atribuye a las relaciones familiares, el tamaño de los hogares y la configuración familiar.

Los crímenes que en México se cometen bajo el amparo de las autoridades son una prueba más del fracaso de un sistema representado por un gobierno al que no le importa que las cosas marchen bien.

El informe concluye que, si bien México avanzó en su percepción de bienestar, este ranking se debe, seguramente, a la caída que presentan otros países en el mundo.

Es una nota curiosa porque no creo que en México las familias vivan tan felices. Esto es un hecho: los problemas cotidianos invaden a los mexicanos, donde muchas familias tienen que tronarse los dedos para saber qué comerán mañana sus hijos.

Los problemas que enfrentan los mexicanos son múltiples y muy variados: desde la falta de servicios básicos en sus hogares hasta el deterioro del sector salud, que dista mucho de parecerse, aunque sea en un ínfimo porcentaje, al de Dinamarca, como se prometió desde el sexenio pasado y como se presumió con tal descaro al término de este. 

Miles de personas enfrentan el final trágico de morir sin poder atender sus enfermedades porque no cuentan con servicios médicos y la medicina no es gratuita, como se prometió.

A esto se suma la inseguridad que se padece, la violencia que está provocando una crisis terrible en nuestro país, pues la cifra de muertos por este rubro sigue incrementándose sin que las autoridades hagan nada por detenerla.

“Desde 2017, cada año se registran en México más de 40 mil homicidios. En 2024 se reportaron 43 mil 118, lo que representa un aumento del 2.6 % respecto al año anterior. Cabe señalar que México ocupa el puesto trece en el ranking de países de América Latina y el Caribe con las tasas más altas de homicidios” (statista.com).

Recientemente nos enteramos del horror del rancho Izaguirre, un sitio de amplia extensión y completamente visible, que curiosamente no fue detectado ni sus monstruosidades descubiertas, lo que evidencia un contubernio con las autoridades.

Los crímenes que en México se cometen bajo el amparo de las autoridades son una prueba más del fracaso de un sistema representado por un gobierno al que no le importa que las cosas marchen bien.

Este y peores horrores han ocurrido en nuestro país. Ante esto, ¿acaso vamos a seguir callando y dejando que las autoridades expliquen lo que les convenga, en el mejor de los casos? Porque en muchas ocasiones guardan silencio, como si con eso los problemas fuesen a desaparecer.

Este tipo de situaciones demuestra que el horror llegó para quedarse en el país y presume de ser intocable. Los tres hornos crematorios y el adiestramiento forzado de personas desaparecidas no son hechos aislados, sino parte de la maraña de conflictos que suceden en México, con la mera contemplación de las autoridades y la falta de implementación de justicia.

Los actos de violencia en México no pueden verse como hechos aislados, sino como eventos donde convergen estructuras criminales estatales y empresariales que se unen para violar los derechos humanos de terceros.

Mientras tanto, las madres buscadoras han tomado la tarea de encontrar a sus familiares con total seriedad. No creo que lo hagan por gusto, sino por una necesidad infinita de dar con el paradero de sus hijos, sin que podamos imaginar el dolor tan grande que padecen. Han demostrado más valentía que quienes realmente tienen la obligación de hacerlo.

Los campos de exterminio y reclutamiento, como el de Teuchitlán, definitivamente no pueden operar sin un contexto de protección que lo permita. 

Esto evidencia la descomposición que se respira en el ambiente, donde el crimen ha sobrepasado las estructuras estatales. Un Estado que no sólo no persigue esas prácticas, sino que las tolera.

Urge que en México haya un sistema de justicia real y humanitario, que tenga como principio fundamental el esclarecimiento de la verdad.

Que nos quede claro: la violencia en México no surge de manera espontánea, sino como resultado de un pacto de impunidad, de la simple contemplación de las autoridades ante los hechos violentos y quienes los cometen. Porque, aunque la violencia destruye vidas, fortalece las estructuras de poder que se benefician del terror y la desesperación.

Ante esto, sólo nos resta decir que el Estado, tal como es entendido hoy en día, no va a cambiar sus prácticas. Es un Estado burgués que defiende con claridad los intereses de la clase que representa. Un Estado así no nos sirve, pues la inmensa mayoría en nuestro país pertenece a la clase proletaria, que se gana el pan de cada día con su trabajo.

Por eso debemos luchar, pero luchar en serio, para que, en un futuro no muy lejano, las clases más desprotegidas sean quienes gobiernen este país e impongan desde el poder las medidas necesarias para que las condiciones de todos los mexicanos cambien para bien.

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