MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

La lucha por el verdadero bienestar de los trabajadores

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El sistema capitalista es predominantemente una economía de mercado. La producción, compra y venta de mercancías es su objetivo primordial. Sobre este principio, ser propietario o no de los medios de producción es determinante, pues de ello depende la proporción de la riqueza de la que se apropia tanto el poseedor como el desposeído.

Son los desposeídos, los trabajadores, despojados históricamente de los medios de producción a través de la necesidad, pero quienes producen todo lo que la sociedad requiere para su continuidad y desarrollo, los que llevan la peor parte; no sólo reciben una ínfima proporción de la riqueza generada, sino que también son los que todo lo pagan. La expresión “exprimir a la clase trabajadora” no es un cliché, es una realidad bajo este sistema económico.

Lo que están dispuestos a pagar los grandes empresarios, los verdaderos dueños del poder económico y político, a los trabajadores es para que estos sobrevivan y se reproduzcan, nunca para que se conviertan en propietarios de los medios de producción.

La pequeña fracción de la riqueza social que les asigna la parte poseedora de los medios de producción, los grandes empresarios o la burguesía, está expresada en el salario mínimo, que representa el valor de la fuerza de trabajo desde la perspectiva empresarial y que, al menos en teoría, tendría que ser suficiente para que el trabajador recupere y reproduzca su capacidad física e intelectual necesaria para producir.

Sin embargo, en el plano real, el salario mínimo no garantiza la adquisición de los productos y servicios que se requieren para vivir sin carencias.

En el año 2018, por ejemplo, el salario mínimo era de 88.36 de pesos (618.52 de pesos a la semana), mientras que la Canasta Básica Alimentaria era de mil 528 de pesos; o sea que, en ese periodo, al trabajador con la remuneración más baja le hicieron falta 909.40 de pesos semanales para adquirir los alimentos indispensables señalados por el Consejo Nacional para la Evaluación de la Política de Desarrollo Social y otras instituciones oficiales.

En los años siguientes hubo un incremento al salario mínimo y, sin embargo, también crecieron los precios de los productos de la Canasta Básica Alimentaria.

En 2025, el salario mínimo alcanzó 278.80 de pesos diarios (mil 951.6 de pesos a la semana), mientras que la Canasta Básica Alimentaria, en diciembre del mismo año, llegó a 2 mil 20 de pesos.

La distancia entre uno y otro parece acortarse; sin embargo, es necesario considerar que ahora la Canasta Básica tiene menos productos, ya que algunos de ellos dejaron de considerarse indispensables. Lo real es que, aun con todo ese aumento al salario, hubo familias que tuvieron problemas para adquirir los productos básicos.

La bandera del aumento al salario mínimo, enarbolada por el actual gobierno, es un recurso propagandístico que pretende ocultarle a la población trabajadora, entre otras cosas, la explotación a la que se le somete cotidianamente y hacerle creer que la solución a todas sus penurias, y en la que deben concentrar todos sus esfuerzos, es la mejora salarial.

De esta manera, la actual administración presta un valioso servicio a los grandes dueños del capital en nuestro país; oculta el empobrecimiento creciente de los trabajadores, propio de todo sistema capitalista, y los mantiene adormecidos con el señuelo del incremento al salario mínimo que, como hemos visto, no es una garantía para una vida digna.

Este fenómeno social, que mantiene a unos condenados a la pobreza, va más allá de las pretendidas ilusiones que se hace el gobierno morenista actual sobre el aumento del salario mínimo como solución a los problemas de los trabajadores, o de los regímenes priistas y los acuerdos concertados por su tristemente famosa central obrera y la cúpula empresarial —algo que también ha hecho el gobierno actual— sobre el mismo tema; es un problema inherente al sistema capitalista.

Mientras se mantenga vigente el capitalismo como sistema predominante, el desposeído nunca podrá disfrutar de los beneficios que le corresponden por derecho, por ser el verdadero creador de la riqueza social; si cae en el engaño del aumento al salario mínimo como pócima mágica, continuará dando vueltas dócilmente, llegando siempre a la misma situación, mientras los ricos, los que se aprovechan de su fuerza de trabajo, continúan incrementando sus fortunas.

Regresemos al planteamiento inicial: la pobreza no es asunto de mala suerte o de algún designio divino; es un problema de tener o no tener, es decir, de posesión o no posesión de los medios de producción.

Lo que están dispuestos a pagar los grandes empresarios, los verdaderos dueños del poder económico y político, a los trabajadores —esa pequeña fracción de la riqueza social— es para que estos sobrevivan y se reproduzcan, nunca para que se conviertan en grandes propietarios de los medios de producción.

El precio de la mercancía llamada mano de obra, la única que poseen los proletarios y que el empresario compra bajo este sistema, no es determinado por los trabajadores mismos; son otros los que lo fijan, cuidando siempre de no sufrir alguna pérdida económica.

Por lo tanto, la situación de los productores de la riqueza social, de los trabajadores y sus familias, comenzará a cambiar significativamente cuando sean ellos, socialmente organizados, los poseedores de los medios de producción y puedan determinar, bajo esta condición de propietarios, las nuevas condiciones del trabajo asalariado.

La conquista del poder político por los trabajadores organizados es la única garantía para que obreros, campesinos y demás sectores productores de riqueza se conviertan en propietarios y administradores de los medios de producción.

Esa conquista, a su vez, requiere de la formación del partido de los trabajadores, férreamente organizado, disciplinado, pertrechado con la única ciencia revolucionaria y numéricamente capaz de disputar el poder a los partidos defensores de las diferentes fracciones de la burguesía.

Hacia allá deben encaminarse todos los esfuerzos de los trabajadores. Es verdad que la situación económica actual requiere de la lucha por el mejoramiento inmediato de nuestras condiciones de vida, de los beneficios de las conquistas de la lucha histórica de los movimientos sociales.

Adelante, habrá que exigir que beneficien a todos; no son una dádiva, representan un derecho alcanzado. Sin embargo, no debemos caer en el engaño: si las reglas del juego las imponen los poseedores de los medios de producción, hagamos lo posible para que estos pertenezcan ahora a los trabajadores mediante la conquista del poder político.

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