En la geografía festiva de México, dominada por el brillo estridente de los espectáculos masivos y la lógica implacable del mercado, existe un lugar donde la celebración ha recuperado su sentido más profundo. No es un “pueblo mágico” promocionado en folletos turísticos, sino una comunidad que ha hecho de su feria un acto de afirmación colectiva: Tecomatlán, Puebla.
La feria cumple una función vital: es el espejo donde la comunidad se mira y reconoce su propio poder, pues cuando el pueblo se organiza, crea belleza y alegría sin depender de patrocinadores explotadores o de gobiernos paternalistas.
Del 15 al 22 de febrero de 2026, bajo el lema “La feria de la unidad entre los pueblos”, Tecomatlán no ofrece un simple calendario de eventos, ofrece una lección. Demuestra con hechos que otra forma de festejar es posible: una donde la comunidad no es público ni cliente, sino autora y protagonista.
Mientras en incontables municipios las fiestas patronales o ferias se han convertido en territorios cedidos a la cantina, al comercio agresivo y a la inseguridad, aquí se ha invertido la ecuación.
La gratuidad de los espectáculos, desde el jaripeo ranchero hasta la obra de teatro clásico, no es un subsidio, es el resultado de un año de esfuerzo organizado. Es el dinero de las rifas comunitarias, de las colectas vecinales y del trabajo voluntario el que financia la fiesta, rompiendo el vínculo perverso entre diversión y gasto obligado.
Este principio transforma por completo el ambiente. La plaza no huele a conflicto, sino a convivencia. Familias enteras, jóvenes, ancianos y niños ocupan un espacio que sienten propio y seguro, porque literalmente lo es: lo construyeron.

Las actividades, ricas y variadas, desde el vuelo de los danzantes de Papantla hasta los torneos de basquetbol, tienen un hilo conductor: son herramientas pedagógicas disfrazadas de esparcimiento. Como bien lo señala el legado del Movimiento Antorchista que aquí tiene su cuna, se trata de “elevar el nivel cultural” para elevar la conciencia; cada baile folclórico, cada poesía recitada, cada partido deportivo, es un ladrillo en la construcción de una identidad orgullosa y compartida.
Pero sería un error ver la feria como un oasis aislado, es la flor más visible de un árbol cuyo crecimiento es un caso de estudio nacional. La transformación de Tecomatlán, de un pueblo olvidado y paupérrimo en los setenta a un modelo reconocido internacionalmente por su desarrollo comunitario, es el verdadero sustento de la fiesta.
La infraestructura educativa, deportiva y cultural de primer nivel que hoy disfruta, lograda a pulso, con organización y lucha, es la que permite soñar con una feria así. La seguridad que sus habitantes pregonan no nace de más patrullas, sino de haber creado alternativas reales: escuelas, talleres, espacios donde la juventud ve un futuro, no un vacío.
En este contexto, la feria cumple una función vital: es el espejo donde la comunidad se mira y reconoce su propio poder, es la prueba tangible de que, cuando el pueblo se organiza, puede crear belleza y alegría sin depender de patrocinadores explotadores o de gobiernos paternalistas.

Hace palpable una verdad que el sistema suele ocultar: la fuerza creativa y transformadora reside en las manos y mentes de la gente común. La feria, en su esencia, es un gigantesco taller de empoderamiento colectivo.
Frente a un México fracturado por la violencia, la desigualdad y la desconfianza, el ejemplo de Tecomatlán resuena como un desafío sereno pero contundente, desafía la narrativa de que el progreso solo llega de arriba hacia abajo, o de que la fiesta popular debe ser, por definición, un espacio de desorden y consumo.
Aquí, la celebración es ordenada no por la coerción, sino por el acuerdo colectivo; es enriquecedora no por lo que se compra, sino por lo que se experimenta y se aprende.
Por eso, visitar Tecomatlán durante su feria es mucho más que un viaje turístico, es una inmersión en un modelo de vida, es presenciar el “milagro” que ocurre cuando una comunidad decide dejar de esperar y empieza a construir.

Atestiguar cómo la cultura, lejos de ser un adorno, se convierte en el cemento de la unidad social, y comprobar que la alegría más auténtica y perdurable no es la que se consume, sino la que se crea con las propias manos, entre vecinos, con un propósito común.
En tiempos donde el pesimismo parece un lugar común, Tecomatlán se erige como un recordatorio poderoso: la esperanza no es un sentimiento pasivo, es un verbo. Se conjuga organizándose, trabajando en conjunto y, sí, también celebrando con sentido, su feria es la prueba.
Un recordatorio luminoso de que el verdadero cambio, aquel que dignifica y une, siempre empieza por casa, por el barrio, por el pueblo que decide escribir, juntos, su propia historia de fiesta y de progreso.
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