• Más de 3 millones de adultos mayores siguen laborando en México pese al deterioro de salud y bajos ingresos
Hasta el último aliento, no hay de otra; bueno, sí, morirse de hambre. Para los que sólo son dueños de su fuerza de trabajo, no hay más. El capital no reproduce la vida, la consume.
Mientras la sociedad se organice bajo el modo de producción capitalista, el trabajador será usado hasta que ya no sirva y luego será botado como cáscara de huevo.
Cuando un trabajador, por edad o accidente, se vuelve incapaz de seguir laborando, es arrojado a la calle sin miramientos como desecho. La clase trabajadora lucha constantemente por sobrevivir, sin importar el espacio y, sobre todo, el tiempo; dedica toda su vida para adquirir apenas los medios de subsistencia indispensables.
Para el dueño del capital, el trabajador es como una máquina: cuando se gasta y se descompone con los años, simplemente se cambia por otra nueva.
La clase dueña de la riqueza en México y el mundo no ve a los ancianos de la clase trabajadora como seres humanos que merecen descansar, sino como un gasto que quieren evitar a toda costa.
Por eso los gobiernos aumentan la edad para jubilarse y dan pensiones que, en el mejor de los casos, no alcanzan para nada.
Al final, el modo de producción capitalista obliga a la clase desposeída a trabajar hasta enfermarse o morir, demostrando que vale más la acumulación de ganancia que garantizar una vida digna a los adultos mayores. ¿No lo cree? Observe a su alrededor.
La clase desposeída no elige cuándo dejar de trabajar: es obligada a continuar. Todos los días somos testigos de cómo adultos mayores empujan con sus mermadas fuerzas triciclos llenos de residuos reciclables para obtener un ingreso. Aunque este es minúsculo, les permite asegurar su alimento diario.
Según datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, en México cerca de 3.5 millones de personas mayores de 65 años siguen trabajando, de las cuales el 77.6 % lo hace en la informalidad.
Son 2.7 millones de adultos sin seguridad social, sin contrato y sin pensión futura. El ingreso promedio mensual, si bien les va, es de 6 mil 999 pesos.
A esta deprimente situación se añade que muchos llegan a la vejez con un estado de salud frágil y padecen enfermedades crónico-degenerativas: el 25.8 % padece diabetes; el 45.2 %, hipertensión; el 37.8 % presenta sobrepeso y el 8.1 %, enfermedades cardiovasculares.
Lejos de llegar a la tercera edad con tranquilidad, después de una vida de trabajo sin descanso, llegan a una de las etapas más difíciles de sus vidas, con deterioro de salud y falta de recursos. Pero no es un castigo divino ni algo que no pueda cambiarse; dicha situación tiene una explicación terrenal y, por lo tanto, puede cambiar.

Frente a esta cruda realidad, la propaganda actual opera como un sedante social: recordemos que las ideas dominantes de esta época son las ideas de la clase dominante. Nos hacen creer que “el que trabaja duro siempre triunfa”; sin embargo, esto es falso y sólo sirve como distractor para ocultar la explotación a la que está sometida la clase trabajadora.
En el modo de producción capitalista, el futuro de un empleado no depende de sus ganas, sino de las reglas del mercado. Al trabajador sólo se le paga lo necesario para que pueda comer y regresar a trabajar al día siguiente; el resto de su jornada, la ganancia que produce con su esfuerzo, se la queda el dueño del capital.
Con este sistema, es difícil que los trabajadores ahorren para su vejez, ya que el ahorro no depende de la buena voluntad, sino de un salario suficiente para poder destinar una partida a dicho concepto.
Lo único que puede acumular el trabajador con los años son deudas, cansancio y enfermedades. El modo de producción les exige dar toda su vida a cambio de casi nada.
Culpar a la clase trabajadora de no “prever” su futuro es una argucia para ocultar al verdadero culpable: el sistema que enriquece a unos pocos a costa del esfuerzo de muchos.
Para comprobarlo, basta contrastar la calidad de vida en la vejez de Carlos Slim, el hombre más rico del país a sus 86 años, con la de don Pedro. A sus 70 años, este último recorre religiosamente cada día las calles de la colonia Lomas de Oblatos, en Guadalajara, junto a su triciclo en busca de residuos reciclables para obtener un exiguo ingreso. ¿Quién vive mejor? La respuesta es obvia.
El contraste evidencia que la acumulación de riqueza en un polo es, al mismo tiempo, acumulación de miseria, tormento de trabajo y degradación en el polo opuesto.
¿Por qué quienes construyeron esa riqueza tienen que seguir pedaleando un triciclo a los 70 años para no morir de hambre? La respuesta se encuentra en la injusta distribución que promueve el sistema.
Si bien en los últimos años se han implementado programas de transferencias monetarias, como la Pensión para el Bienestar de las Personas Adultas Mayores en México, estos esfuerzos son como darle una limpia con hierbas a un desahuciado.
Son medidas de contención que mitigan la indigencia absoluta, pero no transforman la estructura de explotación. Un apoyo económico bimensual no revierte los salarios escasos ni las pensiones insuficientes.

El modo de producción capitalista reduce a la clase trabajadora a simples utensilios vivientes y medios de enriquecimiento para el capitalista, extrayendo toda su vitalidad en la producción de mercancías para luego, una vez gastados e improductivos, arrojarlos cruelmente como un limón exprimido.
Bajo las ideas dominantes, se impone la visión individualista de que el bienestar en la vejez es responsabilidad única y exclusiva del sujeto, hundiendo a grandes sectores de la población en la miseria sin tan siquiera intentar ayudarlos.
Ante esta barbarie, la política asistencialista y el subsidio gubernamental actúan como mecanismos que maquillan la crueldad del sistema. Se presentan como un acto de caridad estatal que perpetúa la vulnerabilidad en la vejez, un diseño que oculta por qué un ser humano debe depender de un subsidio gubernamental para sobrevivir, tras haber entregado su vida entera a la producción de bienes y servicios.
La única salida digna para los trabajadores es la conciencia de su propia fuerza, la unidad y la organización para cambiar el sistema que los consume y construir una sociedad donde el trabajo sirva para reproducir la vida y no para acumular capital.
El sufrimiento en la vejez es producto, como muchos otros males, de la acumulación de riqueza en unas cuantas manos que promueve el sistema, lo cual deja al desamparo a millones de personas. Los programas gubernamentales actuales actúan apenas como un paliativo.
No podemos aceptar que la enfermedad, la deuda y el abandono sean la recompensa por una vida de trabajo. Para asegurar una vejez digna a la población mexicana, se requieren políticas de prevención en los adultos en edad productiva para disminuir costos futuros.
Esto exige mejorar el mercado laboral para transitar del empleo informal al formal, logrando así mayores salarios, mejores prestaciones y una mayor capacidad de ahorro, además de combatir la mala alimentación para reducir casos de diabetes, hipertensión y sobrepeso.
Por otro lado, es indispensable atender los problemas actuales de salud mediante la creación de infraestructura especializada, como clínicas, hospitales y estancias, la formación de recursos humanos suficientes y un incremento en el presupuesto de salud.
Todo lo mencionado debe ser un objetivo para la clase trabajadora, que es la que padece en carne propia todas las peripecias que se mencionan líneas arriba.
Una vez más los hechos se imponen: la situación de la clase trabajadora, aquellos desposeídos de riqueza y de medios de producción, es difícil no sólo temporalmente, sino toda la vida.
Mientras la sociedad se organice bajo el modo de producción capitalista, el trabajador será usado hasta que ya no sirva, suena cruel, pero así es; compruébelo en su entorno, y luego será botado como cáscara de huevo.
Las cosas no cambiarán por buenos deseos ni por la benevolencia de quienes ocasionan esta desdicha para más de 3 millones de adultos mayores en México, que ven cómo su vejez es una extensión de su explotación.
Cambiarán cuando los que sufren se organicen para transformar el sistema de raíz. No se trata de pedir limosna ni de rogar una pensión más grande. Se trata de construir un país donde la riqueza sea de quien la produce. Sólo así, cuando llegue la vejez, será para descansar, no para seguir sufriendo.
Como se señalaba desde 1848, y sigue más vigente hoy que nunca, la clase trabajadora no tiene nada que perder más que sus cadenas. Tiene, en cambio, un mundo que ganar. Hagamos lo propio, organicémonos en un solo bloque, como un solo hombre y un solo ideal; mañana puede ser tarde.
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