MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

Espectáculo y trampa: unidad sin organización es sólo consigna

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  • El discurso de amor y resistencia en el Super Bowl LX oculta la realidad de la explotación imperialista 

En un mundo atravesado por guerras imperialistas, crisis económicas cíclicas, pandemias, desplazamientos forzados, escasez de agua, calentamiento global y un recrudecimiento del racismo institucional, especialmente contra los pueblos migrantes en Estados Unidos, cualquier mensaje que hable de amor, esperanza y unidad parece, a primera vista, un bálsamo necesario.

El pasado domingo, durante el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl LX, ese mensaje fue repetido una y otra vez desde el escenario más visto del planeta: amor, unidad, resistencia.

Una resistencia sin pueblo organizado es sólo retórica domesticada. Bad Bunny no es, ni tiene por qué ser, un líder revolucionario. No se le puede exigir lo que no es su papel histórico.

La voz fue la de Benito Antonio Martínez Ocasio, Bad Bunny, hoy el artista latino más influyente del mundo. Y no es casualidad.

Bad Bunny no es sólo un cantante; es una figura cultural global, un producto cuidadosamente colocado en la cima de la industria del entretenimiento. Su alcance no se limita a América Latina: llega a millones de jóvenes latinos empobrecidos, racializados y precarizados que viven dentro del corazón del imperio. Justamente por eso es funcional. No porque él lo diseñe así conscientemente, sino porque el capital sabe usar los símbolos que el pueblo ama.

Aquí es donde debemos hacer una pausa crítica. Los grandes consorcios mediáticos y empresariales que controlan la NFL, la industria musical y la narrativa global no regalan espacios de esa magnitud para cuestionar el sistema que los enriquece. El capitalismo no se dispara en el pie. Cuando habla de “unidad” desde el espectáculo, lo hace despojado de contenido político, vaciado de clase, sin señalar al enemigo real.

Porque, seamos claros: no existe unidad posible entre oprimidos y opresores. Mientras en el escenario se hablaba de amor, en la realidad continúan las redadas contra migrantes latinos, la criminalización de la pobreza, el saqueo de recursos naturales en América Latina, los bloqueos económicos criminales, como el impuesto a Cuba, y la intervención permanente contra cualquier pueblo que intente decidir su propio destino. Esa es la contradicción que el espectáculo intenta ocultar.

Muchos medios calificaron el show como un “acto de resistencia” frente a la política de Donald Trump. Pero ¿qué tipo de resistencia es aquella que no nombra al imperialismo, que no denuncia al capital financiero, que no convoca a la organización popular?

Una resistencia sin pueblo organizado es sólo retórica domesticada. Bad Bunny no es, ni tiene por qué ser, un líder revolucionario. No se le puede exigir lo que no es su papel histórico.

El problema no es el artista, sino el uso que el sistema hace de él. El capital convierte la rebeldía en mercancía, la disidencia en moda y la lucha en espectáculo. Es el viejo mecanismo romano: pan y circo, ahora con luces led y hashtags.

Sí, hubo símbolos latinos. Sí, hubo identidad. Sí, hubo emoción. Pero no confundamos representación con liberación.

El imperialismo estadounidense quiere América Latina, pero sin latinoamericanos con conciencia, sin pueblos organizados, sin soberanía, sin memoria histórica. Quiere nuestros territorios, nuestra agua, nuestros minerales, nuestra fuerza de trabajo barata. Y para lograrlo, necesita dividirnos, despolitizarnos y convencernos de que el amor abstracto sustituye a la lucha concreta.

Por eso hoy, más que nunca, la tarea no es aplaudir mensajes tibios de unidad, sino construir unidad real: unidad de clase, unidad política, unidad organizada.

La historia lo demuestra una y otra vez: cuando el pueblo se divide, el imperio vence; cuando el pueblo se organiza, el imperio tiembla.

La verdadera unidad no nace en el escenario más caro del mundo, sino en las calles, en las comunidades, en las organizaciones populares, en la formación política y en la conciencia colectiva.

América Latina no es el patio trasero de nadie. Es territorio de pueblos en lucha. Y la revolución, esa que tanto teme el capital, no vendrá del espectáculo, vendrá del pueblo organizado y consciente. Que conste.

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