MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

El es-pejismo o el gatopardismo de la izquierda mexicana

image

Considerar que la elección presidencial de julio próximo será una lucha entre un movimiento progresista (representado por MORENA) y el conservadurismo oficial, sería sobreestimar demasiado a los actores políticos de esa contienda, pues es falso que representen a dos corrientes absolutamente opuestas o excluyentes. Si bien la pugna es verdadera, ésta no tiene su origen, fundamentalmente, por sus ideas políticas y económicas contrapuestas; en el discurso aparentan una rivalidad irreconciliable, pero en el fondo su encono mutuo no es más que la expresión de una lucha más burda: pelear por hacerse del mayor número posible de puestos en la administración pública. Para ello, vale decir que la llamada oposición mexicana, la oficial, nació al amparo de las luchas electorales, o sea, que los políticos opositores más rabiosos gestaron su inconformidad contra el partido gobernante en el momento en que no fueron incluidos en el reparto de las plazas políticas; así nació el PRD, y así se gestó, en términos generales, MORENA. No es que ahora no incluya organizaciones sociales de otra índole, sino que su matriz no fue, sobre todo, de una lucha popular, obrera, campesina, etc. Sus momentos más álgidos siempre están solapados por las luchas electorales. Este rasgo, por cierto, los pone en serio cuestionamiento: ¿la lucha electoral es el único camino para la brega por la justicia social? o ¿por qué no generar una oposición popular, permanente y simultánea a lo electoral?

A

Para explicarme mejor, debemos recordar que el desarrollo del capitalismo en nuestro país tuvo épocas doradas cuando la estabilidad política se garantizó por un partido que supo contener y centralizar a todos los caudillos, fuerzas políticas regionales y locales emanadas de la convulsa Revolución mexicana. Todas las voces cabían dentro del PNR, siempre y cuando no frenaran esa dinámica económica, pues este nuevo tipo de Estado sería el primer promotor para desarrollarla. En las dos últimas décadas del siglo pasado, el mundo se entregaba a la iniciativa privada: la tendencia era que todas las necesidades sociales, que antes eran cubiertas por instituciones del estado –como la salud, la vivienda, la energía, la educación- ahora serían abandonadas paulatinamente, para que la poblaciòn las adquiriera a través de las grandes corporaciones capitalistas internacionales, el mundo globalizado fue la era de las privatizaciones a escala internacional. Es cuando el Partido oficial (el PRI) cobró su rostro más neoliberal y menos popular. El costo social fue apabullante: pobreza, desempleo y desigualdad; factores que pronto hicieron emerger problemas más agresivos: narcotráfico, inseguridad y, desde luego, corrupción. Es necesario hacer énfasis que esta ola de consecuencias negativas no fue una situación privativa de México, fue un escenario muy popular en muchos otros países que entraron en crisis, especialmente en América Latina. A principios del siglo XX, la respuesta a este modo injusto de llevar la economía fue la aparición de gobiernos de izquierda como en Venezuela, Uruguay, Ecuador, Brasil, Bolivia y hasta en Argentina. Corrientes políticas que se declararon opuestas no sólo a la clase política dominante, sino, y es importante resaltarlo, al régimen neoliberal de sus países.

En cambio, nuestra izquierda oficial, no. Su refugio fue -y sigue siendo- atacar los efectos visibles de ese fundamentalismo de mercado: los políticos priistas y no culparlos por conducir la economía por esos derroteros, sino lincharlos mediáticamente por corruptos, ocultando, de este modo, la verdadera razón: los excesos de organizar una economía de mercado que enriquece a una cúpula empresarial a niveles exorbitantes. La corrupción es efecto y no causa de la inequidad social y política. Al ser dueños de inmensas riquezas, sus intereses económicos serían, como podría adivinarse, el principal eje rector de la agenda política de los Partidos, con la ley en mano y al margen de ésta: campo fértil para la corrupción; y su complemento: políticos indiferentes ante el clamor popular. Así se crea la imposibilidad de una democracia auténtica y de una participación equitativa y efectiva de los sectores mayoritarios, los más pobres, en la toma de decisiones políticas importantes.

Este tipo de democracia, fundamentada sobre esa manera de llevar la Economía, no admite, pues, cambios rotundos. Nuestra "izquierda" mexicana es consciente de ello y no se propone atacar las bases de la desigualdad; como se sabe -quizás hasta el hartazgo- su bandera única es el combate a la corrupción. El gabinete propuesto por el candidato izquierdista confirma lo dicho, sus principales cartas para llevar los destinos económicos del país son tan conservadoras, que perfectamente podrían ser encabezadas por ex militantes del PRI o del PAN. ítem, basta echar un vistazo a la sarta de políticos estatales o locales que contienden en el resto del país para confirmar que no estamos ante una nueva estirpe de políticos antisistema, comprometidos socialmente con el país, pues, salvo contadas excepciones, hallaremos el típico oportunismo de políticos parásitos que no saben vivir sin el presupuesto público y que, por ello, son capaces de prostituir sus posiciones políticas. A pesar de esto, un sector importante público elector (aunque no mayoritario aún) ha abrazado estos discursos tibiamente reformistas porque, como se dijo, la crisis social es innegable. Estos políticos opositores se engrandecieron por esta inconformidad pero nunca se atrevieron, ni mucho menos se comprometieron a explicar y a crear real conciencia popular sobre esta problemática, se valieron de discursos con lugares comunes, insuficientes para un cambio profundo en la consciencia de la gente, pero que bastaban para garantizar la protección de sus intereses personales en la esfera política.

as

Vistas así las cosas, el fanatismo de algunos morenistas contra los apartidistas o simpatizantes de otras fuerzas políticas es tan absurdo como la rivalidad de las porras fanáticas en el futbol; ignoran que los colores que dicen defender no son en realidad tan disímiles, los dueños de esos partidos son hermanos e hijos de un mismo sistema económico. ¿Existe un acuerdo previo entre los sectores de esta élite? Se puede intuir, sobre todo a la luz del apapacho que hoy varios grupos empresariales y de los monopolios televisivos le hacen a esos políticos semisubversivos.

Sin embargo, no es raro que el capitalismo admita cambios superficiales en la conformación de su clase política para contener la rabia popular. Así ha pasado en democracias tan "sofisticadas" como la de los Estados Unidos: postular y nombrar a un presidente afroamericano para aparentar sensibilidad a los sectores sociales más vulnerables, tolerancia, empatía, etc. y al mismo tiempo actuar, ya en el poder, como el más neoliberal de los presidentes.

En resumidas cuentas, la izquierda en México ha hecho un discurso a modo a los tiempos de las grandes trasnacionales y esto le permite practicar, sin ningún inconveniente, un vil pragmatismo político para reclutar todo aquello que le abone ganancia electoral, haciendo laxos sus compromisos sociales pero sin abandonar, eso sí, el discurso de oposición radical. El triunfo electoral de esta cuasi-izquierda puede ser, para muchos, un paso en la ruta de una sociedad más equitativa, pero siendo más realistas, puede representar lo contrario; pues al querer monopolizar las banderas de justicia social (ya que de ello dependerá su permanencia en el poder) es muy posible que quieran perseguir y acorralar a otras organizaciones que sí tienen como objetivo central la concientización de las masas; peligro no imaginario, pues así procedió ( y de esto hay pruebas suficientes para demostrarlo) Cuauhtémoc Cárdenas y López Obrador cuando fueron jefes de gobierno de la Ciudad de México.

De ahí que sea importante insistir que los intereses populares, aniquilados por la economía de mercado, no pueden ser confiados a un solo personaje, peor aún cuando se ha rodeado de basura política reciclada, emanada de su propio "archirrival". La organización popular permanente (y no sólo electorera), consciente políticamente y numerosa es la única herramienta para reorientar la economía hacia una transformación real. Los pobres ya no podemos aceptar, nunca más, el gatopardismo, ni siquiera disfrazado de izquierda: el "cambiar todo para que nada cambie".

  • Etiquetas:

0 Comentarios:

Dejar un Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados *

TRABAJOS ESPECIALES

Ver más