MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

Cuesta de enero: las cadenas del capital esclavizan al trabajador

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La llamada “cuesta de enero” no es un simple fenómeno estacional de ajuste presupuestario; es la crónica anual de una asfixia sistémica que sufre la clase trabajadora. Tras las fiestas de diciembre, millones de familias mexicanas se enfrentan a la dura realidad: los ingresos no alcanzan.

La respuesta inmediata, casi instintiva en nuestra sociedad mercantilizada, es el préstamo. Se acude a la tarjeta de crédito, al financiamiento de consumo, a la tanda forzada o a los agiotistas informales.

La amenaza del embargo, del reporte negativo en buró, de la exclusión social, reemplaza al látigo del capataz.

Los datos de la Encuesta Nacional de Inclusión Financiera (Ensafi) pintan un panorama desolador: un porcentaje abrumador de mexicanos vive con estrés financiero permanente, donde más del 40 % de los ingresos de los hogares se destina al pago de deudas, y una gran mayoría admite que, ante una emergencia, tendría que endeudarse aun más para sobrevivir.

Esta norma, sin embargo, no es un accidente. Desde una perspectiva marxista-leninista, es la lógica férrea del capitalismo llevada a su máxima expresión depredadora.

En la primera instancia, el sistema arranca la plusvalía al trabajador en el punto de producción, como explicó Karl Marx: el salario pagado representa sólo una fracción del valor creado por su fuerza de trabajo; el resto, la plusvalía, es apropiado por el capitalista. En México, esto se traduce en salarios mínimos que ni de lejos cubren el costo de la canasta básica, conforme a datos oficiales.

Pero la explotación no termina en la fábrica o la oficina. El trabajador, con un salario insuficiente, se ve obligado a reproducir su vida y la de su familia en un mercado donde todo tiene precio: la salud, la educación digna, la vivienda, el transporte seguro.

El sistema le dice: “¿Quieres eso? Págalo. Todo es mercancía. Si no tienes, endéudate”. Así, el capital, en su forma financiera, regresa al trabajador bajo la apariencia de “crédito” para que pueda acceder a lo que su salario le niega. Le presta, a interés, una parte de la riqueza social que previamente le fue expropiada. 

Es una doble expoliación: primero se le roba el fruto completo de su trabajo, y luego se le renta, con sobreprecio, los medios mínimos para seguir viviendo y trabajando.

La deuda se convierte así en un mecanismo de disciplina y sujeción moderno, tan eficaz como las cadenas de la hacienda porfirista. La hipoteca, supuesta puerta a la “propiedad”, es su emblema. Antes, un crédito hipotecario se liquidaba en 20 años; hoy, es común ver planes extendidos a 30, 40 años. 

Vladimir Lenin, al analizar la fase imperialista del capitalismo, destacó el rol parasitario y opresor del capital financiero, que subordina toda la vida social a la lógica del interés y el dividendo. 

El trabajador hipotecado, el estudiante endeudado, el enfermo que financia su tratamiento con tarjetas, son esclavos asalariados de facto. No pueden dejar de trabajar, no pueden cuestionar, no pueden rebelarse. Su vida entera está hipotecada.

La amenaza del embargo, del reporte negativo en buró, de la exclusión social, reemplaza al látigo del capataz.

Esta esclavitud por deuda es el pilar oculto de la “paz social” bajo el capitalismo neoliberal. Mantiene a las masas en un estado de ansiedad permanente, atomizadas y enfocadas en la próxima cuota, no en la lucha de clases.

Se naturaliza la idea de que vivir endeudado es inevitable, ocultando que es estructuralmente necesario para que el ciclo de acumulación del capital, producción, expropiación, consumo financiado, siga girando.

Por tanto, la conclusión es ineludible. Parchear este sistema con regulaciones financieras benévolas o educación financiera individual es ilusorio.

El problema no es la “mala gestión” del trabajador, sino un modo de producción que, para existir, debe condenarlo a la precariedad salarial y luego ofrecerle la “solución” envenenada del crédito.

Como enseñaron Marx y Lenin, la verdadera emancipación de la clase trabajadora no consiste en conseguir mejores condiciones para endeudarse, sino en abolir las relaciones sociales que hacen de la deuda una necesidad.

La única opción real es cambiar el sistema económico. Se requiere la organización política consciente de la clase obrera para expropiar a los expropiadores, socializar los medios de producción y el sector financiero, y construir una economía planificada que garantice, como derechos no mercantilizados, la vivienda, la salud, la educación y una vida digna para todos, liberando finalmente a la humanidad de la esclavitud asalariada y crediticia. La lucha no es por aliviar la cuesta de enero, es por derrumbar la montaña del capital.

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