En México todo pueblo o ciudad tiene su feria, a cuál más, lucida. Pero Tecomatlán es diferente, es especialmente significativa. Hay, desde luego, ferias famosas por su “cartelera” de “artistas” nacionales e internacionales; por la magnitud de la “cantina” en que se convierten en cada edición; por los gastos del erario público que consumen cada año, o por lo grande del “espectáculo”. Pero la de Tecomatlán, cuna del Movimiento Antorchista Nacional, tiene otras características: se mantienen vivas las tradiciones ancestrales y se hace verdadera cultura, con lo cual se forja identidad, además de que se estrechan los lazos de paisanaje entre sus habitantes, hermanándolos, incluso, a otros pueblos de la región y del país que acuden solidariamente a participar de las celebraciones que año con año se realizan en la semana del “miércoles de ceniza”.

Y sí hay espectáculos, cómo no: hay “artistas” del momento, jaripeo ranchero y hasta baile de feria; pero ni es una cantinota para embrutecerse, ni es un gran negocio para exprimir los bolsillos al visitante porque son espectáculos gratuitos. Pero no es el espectáculo en sí lo fundamental y distintivo. Se pone interés especial en presentar programas culturales completos, extremadamente trabajados en los que menudean los bailes folclóricos del país y de otras latitudes para que la gente conozca y aprecie su cultura al compararla con otras culturas del mundo; hay buena música, popular y de concierto; bellas poesías y hasta obras de teatro que mucho enseñan y elevan el espíritu humano. Además, esta feria la hace el pueblo organizado de punta a cabo, trabajando y haciendo actividades para juntar los recursos con las cuales se realiza, hasta las faenas para embellecer la población, o la participación de los grupos culturales de otros estados de la república que acuden poniendo lo mejor de sí para deleite del espectador, así como las compañías completas de comparsas y danzas autóctonas expresiones propias del carnaval, representativas de las diversas regiones de México, que sólo es posible verlas en conjunto, en un solo espacio, en la feria de la hermandad entre los pueblos de Tecomatlán, Puebla, “Atenas de la Mexteca”. Es el trabajo colectivo, la solidaridad fraterna de los antorchistas tecomatecos y del país entero, los que la elevan y distinguen.

¿Y qué tiene de distinto? ¡Eso! La feria de Tecomatlán no es un circo para entretener, adormecer o manipular a las masas, sino un trabajo cultural completo, un instrumento, una herramienta para el enriquecimiento intelectual del pueblo pobre y para su realización y apreciación práctica; un ejercicio de organización y de enseñanza-aprendizaje colectivo, es el ejercicio de identificación cultural que enseña, por ejemplo, que como mexicanos somos un mismo pueblo, una nación y una cultura muy rica en todos los sentidos, y que esa identidad y esa nacionalidad nos pertenece, que es nuestra y que tenemos que defenderla estrechando nuestros lazos como mexicanos. Pero no sólo eso, sino, además, que la riqueza cultural y física como fuerza creadora, radica precisamente en el pueblo, es decir en las clases trabajadoras que con su sudor hacen posible la fabricación de todo y que es, por tanto, en realidad a ellas a quienes pertenece, aunque en las actuales condiciones, de momento no las pueda disfrutar. Hace evidente también que el pueblo es inmensamente creativo, capaz y solidario, le hace ver su fuerza y su grandeza cuando trabaja en conjunto, cuando se hermana en la realización de tareas por difíciles, grandes y complicadas que parezcan, pues parafraseando a Neruda: el pueblo tiene miles de ojos, manos y oídos, y es un verdadero gigante cuando se unifica y hermana al acometer organizadamente sus tareas.

Todo eso encarna, simboliza y representa la Feria de Tecomatlán, y es el ejemplo vivo de lo que puede y debe hacer el pueblo de México, si pretende cambiar objetiva y profundamente las condiciones de vida de los mexicanos, sobre todo de los más desprotegidos y marginados de siempre y de todo; porque también es necesario decirlo, la feria es sólo un aspecto del rico universo que representa Tecomatlán en lo social, político y económico, pues quien acude a la feria es testigo presencial del verdadero “milagro”, que el trabajo organizado ha hecho posible en ese pueblo con el cual la naturaleza fue extremadamente avara pero que el trabajo ha convertido en un vergel y en un centro cultural excepcional, con infraestructura de primer nivel tanto académica y cultural, como deportiva y de salud; se puede apreciar a simple vista la limpieza no sólo de los espacios físicos como calles y plazas, sino también del ambiente social de que gozan y presumen los tecomatecos; el remanso de tranquilidad en que vive normalmente el pueblo, cosa ya bastante rara en el país de nuestros días. Eso y más, podrá atestiguar quien visite la feria de la unidad entre los pueblos, así como sacar las lecciones pertinentes en torno al modelo de país que vibra en el modelo a escala que es Tecomatlán, Puebla, para lección del mundo. Está usted, pues, cordialmente invitado, a la edición 2026, a la cual será bienvenido, amable lector.
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