MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

La criminal imposición del presidente debe ser impedida a como dé lugar

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Hay mucha polémica acerca del regreso a clases presenciales, las modificaciones a los parámetros para establecer el semáforo epidemiológico y el relajamiento en las restricciones de movilidad, todas ellas basadas en dos criterios fundamentales. No, éstos no son, o por lo menos no deberían ser, amable lector, si la persona que quiera escoger y tomar posición está o no a favor del presidente y su partido, sino la contradicción inevitable y casi opuesta entre la necesidad de echar a andar el aparato económico y la necesidad de cuidar la vida de los mexicanos, los que constituimos la verdadera esencia de la patria. En este criterio, si queremos ser responsables, no es posible ni procedente actuar por lealtad ciega, sino con base en las circunstancias concretas y conforme a criterios científicos. 

Desde el inicio de la crisis sanitaria en el mundo y su conversión en pandemia, esos son los dos elementos que han tenido que considerar quienes dirigen a las diferentes naciones, los gobiernos de cada nación, que son los encargados, autorizados y únicos capaces en los hechos de manejar en sus países las políticas de estado, con la fuerza de la ley, el aparato coercitivo, económico, y todos los instrumentos. NO son las naciones en general ni es el pueblo ni, menos, cada quien, a título personal, el culpable o no de lo que suceda en el manejo de la contingencia, sino los gobiernos de cada país.

Y cada gobierno ha elegido sus estrategias, escogiendo entre la movilidad o restricciones, sabiendo que afecta al aparato productivo, por un lado, y por el otro las medidas de detección, prevención, cuidado y saneamiento, así como estrategias sanitarias (medicinas, vacunas, instrumentos para personal médico y para pacientes, hospitales, etc.) para salvar vidas… o no.

Insisto, cada gobierno sabía y sabe lo que hace, con los fundamentos que otorga el pensamiento científico, y son los responsables de los resultados. Y desde los inicios de la pandemia vimos perfilarse a las naciones en un abanico de actitudes entre los dos extremos: preocuparse más por la salud y la vida de la gente o preocuparse más por el aparato productivo y sus efectos sociales. Un estudio de los detalles sería necesario, pero eso es muy extenso, baste decir que una preocupación equilibrada y responsable no tiene que reducirse fatalmente a uno de los extremos olvidando el otro, pero eso sucedió, y fuimos testigos de cómo algunos mandatarios perfectamente ubicados, más reaccionarios e irresponsables, abandonaron a sus pueblos en medio de la tragedia sanitaria, dejándolos a merced de la enfermedad, de una forma tan indecente y desvergonzada que todavía cuesta trabajo creerla, en contraste con los gobiernos que hicieron todo lo posible, sin escatimar inversión de recursos humanos y económicos, para salvar a sus pueblos.

México, con el presidente Andrés Manuel López Obrador, se ubicó sin dudas y sin discusión, independientemente de ideologías, filias y fobias, del lado de los que decidieron sacrificar la salud y vida de sus pueblos a cambio de afectar lo menos posible la “movilidad” y la vida económica del país. Claro, el presidente siempre tuvo algún argumento edulcorante para sus conscientemente permisivas decisiones, acompañadas de frases y actitudes definitivamente pensadas en la imagen popular del mandatario, y no en preceptos científicos: “no pasa nada”, “vamos bien”, “ya domamos la pandemia”, “prohibido prohibir”, “la gente está cansada del encierro”, etc., o todavía más absurdos como las estampas religiosas, y los exhortos a la moralidad para evitar contagios. Él es el culpable del mal manejo de la pandemia y de decenas de miles de muertes que pudieron evitarse.

Pero lo peor es que el problema de su poca disposición a cuidar a su pueblo persiste, al igual que la pandemia misma, que está muy lejos de ser superada y sigue cobrando víctimas. Y esta combinación significa nuevos contagios y más muertes, a pesar de los esfuerzos que se hacen para avanzar con la vacunación.

Los números no mienten, pese a que todos sospechamos que hasta los números están maquillados, esos números maquillados nos dicen que esta tercera ola ya rebasó a la primera y va que vuela para alcanzar a la segunda.

Y en medio de esta desesperante situación, en espera de que quienes dirigen la política sanitaria pudieran abrir los ojos y corregir la estrategia, lo que vemos es al presidente y a su cohorte de lambiscones e interesados trabajando con ahínco para relajar la movilidad, minimizar los peligros y las precauciones, manipular el “semáforo” para hacerlo más laxo, forzando con todo su aparato el regreso a clases presenciales, a pesar del fallido experimento que ya fue causa de nuevos contagios, y todo eso que no significa sino más contagios y muertes. Lo que vemos es a un Gobierno federal que nos lleva a profundizar más la crisis y los peligros, sin esperanza de que algún milagro lo haga reaccionar y corregir.

En estas circunstancias, no basta con quejarse y lamentarse, llorar nunca ha resuelto nada. Urge que los ciudadanos conscientes entendamos la necesidad de tomar medidas antes de que la irresponsabilidad del presidente nos lleve a un remolino sin retorno. Debemos evitar a como dé lugar, hasta donde nos sea posible, que la movilidad y el relajamiento de las restricciones oficiales se causa de un incremento aún mayor de contagios y muertes.

Lo primero es entenderlo, verlo con claridad e independientemente de nuestras preferencias políticas y aprestarnos a organizarnos y hacer contrapeso, con los instrumentos que tenemos que son la lucha, la protesta pacífica y la resistencia civil. Por lo pronto, es necesario darle continuidad a la correcta lucha de los estudiantes que exigen que se posponga el regreso a clases, hasta que estén vacunados el 70 por ciento de los mexicanos, incluidos los estudiantes, y si no podemos hacer que AMLO desista de su demente intento, de su criminal imposición del regreso a las escuelas, lo que nos queda por hacer es no mandar a los estudiantes a las aulas. No importa que lo diga el presidente, él no es Dios ni nuestros hijos son corderos.

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